La lucha por la autoaceptación

maio 12, 2016

Por luiz correa

Luiz correa

                                Luiz correa

Nací en 1967. Año y medio más tarde perdí a mi madre, se suicidó. Mi padre se volvió a casar y fui a vivir con él y su nueva esposa cuanto tenía 4 años de edad. Creí que esa mujer era mi madre hasta que cumplí los seis años de edad. Un día al abrazarle y decirle que la amaba, me tiró y me dijo que ella no era la madre de un niño de piel oscura, que mi verdadera madre se quitó la vida. A partir de ese día rogaba a Dios que me protegiera. Siempre lo culpé por la vida que llevé, sin esperanza y sin el amor de una madre. A menudo le pedía a Dios que me llevara porque ya no podía soportar más dolor físico y psicológico. Al cabo del tiempo descubrí que también había algo diferente en mí. Desde muy joven me atraían los chicos en lugar de las chicas.

En 1985 Dios respondió mis oraciones y envió a casa a dos misioneros mormones que me enseñaron el evangelio de Jesucristo. En marzo del mismo año me hice miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Sentí que era la respuesta a mis oraciones de tantos años. Muy pronto tuve mi testimonio de la iglesia y de toda la doctrina. Sentí un gran deseo de servir al Señor, pero antes de eso serví a mi país durante un año en el ejército.

En mayo de 1987 fui a la Misión Brasil-Brasilia, en la cual serví con honores hasta mayo de 1989. Regresé a casa y empecé a servir al Señor con diferentes llamamientos, siempre trabajando duro como maestro de seminario, maestro de la escuela dominical, líder misional de barrio y primer consejero del obispado. Pero me faltó un llamamiento mayor, el de matrimonio eterno. Sabía que lo necesitaba, pero mi mente y mi corazón decían que no, porque sabía cuáles eran mis deseos más profundos. Después de mucha presión de los líderes finalmente me casé en febrero de 1996 y me sellé en el templo del Señor a mi esposa.

En 1997 nació mi hija Gabriela, que ahora tiene 19 años. Aún tengo una hijastra de 22 años de edad. Después de 4 años de matrimonio, sentí mucha presión en el corazón a causa de mis deseos secretos, y no quería fallar a mi esposa ni a mi llamamiento. Finalmente terminé mi matrimonio y poco a poco dejé la iglesia sin decirle a nadie las razones que me llevaron a tal actitud.

Hubo tiempos muy difíciles para mí, pues aún no me aceptaba como gay. Tres veces intenté quitarme la vida, una de esas ocasiones estuve inconsciente tres días solo en casa. Me llevó algún tiempo aceptarme como soy. Durante muchos años pedí a nuestro padre celestial cambiar, habiendo hecho mi parte con una misión de tiempo completo, matrimonio en el templo y servicio digno en la iglesia.

Descubrí que estaba buscando algo que el Padre no quería. Él sabía que yo era así y que era necesario aceptarme a mí mismo como soy. Ahora soy un Hijo de Dios gay que ama el evangelio de Jesucristo, con dos hijas que me aceptan y me apoyan y que han desarrollado un cariño especial por la persona con la que he estado los últimos 8 años. Pasados unos años de nuestra separación, mi mujer se declaró gay y se casó con una mujer. En todo esto tengo un enorme respeto por mis hijas Gabriela y Thays. Ellas han aprendido a manejar estos cambios en su familia –completamente fuera de lo llamado estándares normales de la sociedad- y nos apoyan como padres gays. Durante muchos años he sufrido, primero para obtener el amor de alguien que me despreciaba. Después luché por ser alguien que no era, y finalmente luché para aceptar quién soy realmente.

 

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He buscado en la iglesia lo que Jesucristo dijo en Mateo 11:28: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cansados, y yo os haré descansar.” Él me ha aliviado. Me ha ayudado a saber que soy quien soy. No he dejado de ser su hijo por ser gay. Puede que mis padres terrenales me hayan abandonado, pero mi Padre Celestial nunca lo ha hecho. Me ha ayudado a traspasar barreras y dificultades. Siempre he sentido su mano sobre mí en momentos en los que ya no tenía fuerza, cuando me rendí. Él no quería que abandonara esta tierra.

Tengo un fuerte testimonio de que Dios vive y de que Jesucristo es mi Salvador. Sé que me ama tal como soy. Como dice mi bendición patriarcal, soy de inmenso valor a los ojos de Dios y nadie puede decir lo contrario. Sé que el Padre tiene un propósito para mí en esta tierra, el cual es servirlo. Después de todo tengo un gran testimonio del evangelio restaurado. Conozco el amor incondicional del Padre por todos sus hijos sin distinción alguna. Sé que el amor de Cristo puede cambiar pensamientos y actitudes. Creo que a través del don de la palabra y el don de la paciencia todos podemos ser bendecidos con el hermanamiento y el amor incondicional de Cristo. Sé que nuestro padre celestial nos ama, que Cristo vive y que cada uno de nosotros aquí presentes y en la tierra somos sus hijos amados. Os dejo mi testimonio en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

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