Mi Reencuentro con Dios

18 de agosto de 2014

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por Leandro Valdés

Yo soy un convencido de que el ser gay viene con el nacimiento. Ahora el tiempo en que uno lo descubrirá es relativo. Puede ser cuando uno es niño, en la adolescencia, la madurez o incluso estando ya casado.

Bueno mi niñez fue una niñez “normal” pues me gustaba jugar con mis amigos del barrio y lo pasaba bien. Creo fue una niñez feliz. Al entrar a la adolescencia y a la enseñanza media (secundaria, liceo o preparatoria) me convertí en un chico muy estudioso. Mi vida era de mi casa al colegio y del colego a mi casa. Me eduqué en un liceo de hombres. Por lo tanto siempre compartí con ellos y me llamaba la atención algunos de ellos, sobretodo los mayores que yo y ya formados con cuerpos de hombres. Mientras mis compañeros se iban después del colegio al liceo de niñas para ver chicas yo me venía a mi casa.

En ese tiempo con un par de amigos de mi barrio teníamos juegos sexuales, sin llegar a la penetración obviamente. Yo creo que lo tomaba como el proceso de la madurez y pensaba que con el tiempo eso se terminaría. Bueno, a los 18 años llegaron a mi casa dos misioneros mormones norteamericanos, Élder Evans y Élder Smith. Ambos muy guapos y mi mamá los invitó a casa no creo por el evangelio sino por la curiosidad de conocer a dos “gringos”. La casa en ese tiempo se llenaba de gente, sobre todo chicas. Los élderes nos dieron las charlas y después toda mi familia, y algunos amigos, se bautizaron. Imagino la alegría de los misioneros pero lamentablemente eran solo números, pues que yo recuerdo que mi mamá fue a la iglesia solo una vez; yo y mi hermana fuimos más seguido, sobre todo yo pues me gustaba la iglesia, lo que me enseñaban y además que encontraba el evangelio mi lógica. Así crecí espiritualmente en el barrio de Paso-Hondo, estaca de Quilpue, mi ciudad.

En casa tenía problemas a veces para ir a mi barrio pues mi papá no miraba con buenos ojos a la iglesia. Pero yo hacía lo posible por ir y con complicidad de mi mamá, pues a pesar de todo ella siempre me apoyó. Creo que ella vio un cambio positivo en mí. Yo dejé a mis antiguos amigos y participé con mis nuevos amigos del barrio mormón. Fue un bello tiempo pues era un barrio de muchos jóvenes, éramos como 25. Por lo tanto muchas actividades realizábamos. Pero yo sentía que algo dentro de mí que no estaba bien pues a veces sentía una atracción que no me gustaba por alguno de mis amigos. Yo fui presidente del PMM (programa de los mayores solteros de mi barrio). Nunca tuve polola (novia) en mi barrio o en la iglesia.

Cuando cumplí los 20 años salí a servir una misión en Concepción, sur de mi país. No fue fácil pues tuve solo el apoyo de mi mamá y mi barrio, no así de mi padre. Pero yo sentía que debía ir a la misión. Nunca me había separado de mi familia y menos viajar lejos. Pero bueno con el gran apoyo de mi barrio salí a la misión. Yo fui el primer misionero que salía del barrio Paso-Hondo. Por lo tanto todo el mundo me ayudó y se sentía orgulloso de mí.

El tiempo en la misión fue sin duda el mejor de mi vida, al menos hasta ahora. Tuve buenos compañeros, no todos, pero si la mayoría. Tuve un buen presidente de misión, el Presidente Hamblin. Conocí gente maravillosa y llegué a ser líder de distrito. Mi primer distrito fue en la zona de las hermanas. Se llamaba así a la zona de Hualpen porque éramos 18 misioneros y 9 hermanas. Yo tenía a 4 hermanas en mi distrito, pero fue genial. Una zona muy buena y unos misioneros notables y allí terminé mi misión.

Al volver a mi barrio, en mi casa estaba todas patas para arriba. Mis padres se habían separado y una de mis hermanas se había casado y estaba esperando su primer bebé. Pero en mi casa mi cuñado y mi hermano estaban sin trabajo. ¡No había un pan para comer! El cambio desde la misión a la realidad de mi casa fue muy brusco. Así fue que tuve que comenzar a buscar trabajo pronto. Mi barrio me apoyó mucho y gracias a un hermano encontré un trabajo en un colegio donde actualmente sigo trabajando. La mayoría de mis amigos de mi barrio se habían ido a la misión y me sentía solo. Pero Marco, un muy buen amigo y gay, también me apoyó y me dio su amistad. Después él se fue a la misión también.

Al poco tiempo llegó de la misión una chica de mi barrio. Todo el mundo pensaba que ella y yo haríamos una pareja formidable. Yo estaba confundido con lo que sentía y lo que mi barrio, obispo y líderes me decían que debía hacer. Un día le pedí a María que fuera mi novia, pero ella me dijo que no. ¡Qué alivio! Bueno, seguí asistiendo a mi barrio pero ya no era lo mismo. Yo me sentía distinto.

Después llegó mi amigo Marco de la misión y al poco tiempo se fue a trabajar a un complejo turístico. Allí conoció unos gays y me lo comentó. Al poco tiempo volvió de su trabajo y me contó que había ido a una disco gay. Al principio yo le llamé la atención y le dije que eso no era para él. Pero después yo le pedí que me llevara. Al principio él no quería pero fuimos y la verdad me gustó. Me sentí como libre, como que ése era el lugar al que yo pertenecía. Así fue que comencé a llevar una doble vida: un buen mormón de día domingo y un gay los sábados por la noche.

Hasta esa fecha no me había acostado con un hombre. Eso sucedió con un compañero de trabajo. Yo ya tenía 25 años y él era bisexual. Ese tipo fue el primer hombre en mi vida. Después de esa primera vez volvieron a pasar otras veces más. Mientras tanto yo no podía seguir así. Me sentía mal. Lloré mucho. Le pedía a mi Padre Celestial que me ayudara porque yo no quería ser así. Fue una época de mucho dolor para mí hasta que un día solo en mi casa me puse a meditar y a pensar que quería yo de mi vida. Tenía dos opciones: el seguir en la iglesia y seguir aparentando o vivir mi vida como gay. Elegí esta última opción y creo fue la más correcta. Desde ese día jamás volví a ir a la iglesia.

Al tiempo mi obispo, que aparte de ser mi obispo era mi amigo, me visitó y me preguntó por qué no iba a la capilla. Le conté mi verdad: que yo era gay y que no podía vivir una doble vida, y que ya había elegido. Él me miró a los ojos y me dijo: “Mira Leandro, yo no puedo decirte si está bien lo que haces, pero lo que sí sé es que Dios te ama por lo que eres. Si crees que serás feliz así, adelante, y ojalá encuentres un hombre que te quiera y valore por lo que eres como persona”. Todavía me emociono al recordar esas palabras. Creo que las dijo un hombre de Dios. Así mi vida se volvió completamente gay, pero terminé mi relación con ese compañero de trabajo.

Después conocí a José; él que fue mi primera pareja. Estuvimos juntos dos años. Un bello recuerdo tengo de él y ese tiempo. Después ya dejé de ir a las discos, todo muy frívolo, conocí a otros tipos, pero fueron relaciones cortas de pareja. Y navegando por Internet un día encontré Afirmación. Allí aparecía el teléfono de Brus, el presidente de Afirmación Chile. Lo llamé y con Marco, mi amigo de siempre, fuimos a su casa. Y desde esa primera vez que no he dejado de participar en el grupo pues encontré verdaderos amigos y lo más importante, me reencontré con Dios y con el evangelio.

Hoy soy el presidente de Afirmación Gran Valparaíso. Somos un grupo pequeño pero unido y más que nada somos amigos. ésa es la historia de mi vida. Hoy mis hermanas saben que soy gay y la gran mayoría de mis amigos también. Me respetan no por lo que soy sino por lo que valgo como persona.

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