Seremos más fuertes

October 8, 2016

 

Escrito por: Spencer Mickelson

Traducido por: David Mans

A menudo, cuando me encuentro escuchando música, mirando por la ventana, perdido en mis pensamientos, me pregunto cómo los pioneros se sintieron cuando cruzaron las praderas. Imagino el viento golpeándoles con helados puños y llevándose la vida de sus hambrientas bocas, solamente para ser enterrados en tumbas heladas y poco profundas. Imagino a los niños de Israel en la pradera incivilizada. Los muros de fuego, los mares abriéndose, la arena interminable, el hambre, la sed, la esperanza, las plagas, y la pestilencia. Los miembros de la Iglesia negros, que esperaron, vivieron, y murieron con la esperanza de ser reconocidos como iguales a las razas privilegiadas dentro de la fe SUD. Pienso acerca de la juventud que está perdiendo la esperanza, quienes se pierden a sí mismos, sangran, y lloran, y se esconden; y, también, mueren trágicamente. A veces me veo a mí mismo sentado frente a uno de esas personas que imagino, escuchando su historia. Lo que ellos piensan y sienten y hacen, posados en un costado de mi imaginación. Y entonces, cuando las palabras están todas dichas y ellos han compartido conmigo las experiencias que se han ganado, me quedo para contemplar sus continuas dificultades, muchas veces cada vez más grandes dificultades que tuvieron en su vida.

Los últimos tres años he tenido el privilegio de asistir a la conferencia anual de Afirmación, cada septiembre. Este año, la más reciente conferencia, se sintió diferente. Las anteriores habían estado llenas de fuerza positiva a causa del trabajo apasionado de muchos que crearon un espacio para poder afirmar ambas cosas: su fe, y ser LGBTQIA+. Se veía esperanza y alegría, y se veía una gran cantidad de personas que estaban empezando a comprender, dentro y fuera de la comunidad. La única vez que había sentido con tal intensidad el espíritu de unidad y trabajo fue durante mi misión. Durante ese tiempo sentí esa energía, ese empuje, cuando estábamos todos trabajando por un mismo ideal, por una misma meta. Hay una energía especial cuando se trabaja para ayudar a las personas a encontrar paz y darles las herramientas que necesitan para ser felices. Había señales que indicaban que la Iglesia empezaba a abrirse a la comunicad LGBTQIA+. Voces que empezaban a ser escuchadas, caminos que se abrieron, y los engranajes del cambio empezaban a ponerse en marcha. Entonces en noviembre del 2015, se dio a conocer la nueva política para la decepción y el dolor de muchos. Las esperanzas que una vez abundaron fueron destruidas, el progreso fue detenido, y las voces fueron silenciadas. Historias de exclusión, de confundidos parientes, y de distanciamiento en las familias empezaron a contaminar el paisaje virtual de internet. Donde había habido esperanza, hubo tristeza. Donde había habido energía positiva, hubo estancamiento. Donde había claridad en el propósito, hubo confusión y ofuscación. El claro camino hacia mejores cosas tomó un inesperado vuelco para peor. En la última conferencia se reflejó este sentimiento, de estar consolándonos unos a otros, compartiendo nuestro dolor, y manteniéndonos unidos. Fue, quizás, más cercana en ese sentido, nos sosteníamos entre nosotros, esperando que se asentara el polvo de nuestra evaporada esperanza.

Uno puede ver a estas tres conferencias y preguntarse por qué Dios inspiraría tal esperanza de un futuro mejor para estas personas dándoles verdad y amor, cuando un futuro peor se acercaba. Me encontré preguntándome eso mismo. Entonces, como si una venda se cayera de mis ojos, me di cuenta qué consistente era el mensaje de parte de Dios y descubrí algo nuevo sobre la esperanza. Muchas veces asociamos la esperanza con lo débil, con el que ha sido privado de sus derechos, con las víctimas. Le damos de algún modo esta patética connotación en lugar de asimilarla como un cimiento de poder y resolución. La esperanza no es esperar pasivamente, ni es falta de resolución. La esperanza no es dar el poder de cambio a otras personas o a otras cosas. La esperanza no es a lo que nos aferramos cuando las cosas están mejorando. La esperanza es el centro de nuestra fuerza cuando las cosas empeoran, porque la esperanza no es independiente. De hecho depende totalmente de nosotros. La esperanza es creer que nuestra fuerza crecerá al mismo ritmo que nuestras dificultades. La esperanza es confiar que la condición de nuestros músculos en los buenos tiempos nos dará la resolución, la determinación y el coraje para mantenernos de pie durante los tiempos malos.

Creo que la vida es un examen. Yo no sé si algún examen se vuelve cada vez más fácil durante el curso de nuestra vida, sino que parece que cada examen se vuelve cada vez más difícil, requiere más pensamientos, y pasándolo es que llegamos a un nuevo nivel de fuerza y conocimiento. Ese es el plan. Este es el camino. No alrededor, no arriba, no abajo, sino a través. Entonces, cuando imagino a mis amigos, los pioneros de diversas áreas y de diferentes generaciones, les escucho decir: «La vida se volverá más dura. La oposición crecerá. Las cosas se volverán peor. Pero pasaremos la tormenta. El conocimiento y la sabiduría se elevarán en nosotros. Seremos más fuertes.»

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