Una misión especial

allison_binghamPor Allison Bingham

Hoy en día estoy más convencida que nunca de la misión especial que los gays y las lesbianas tenemos en esta vida. Esa misión podría resumirse diciendo que debemos ser leales y honestos con nosotros mismos. Esa es la misión que debemos practicar y enseñar a los demás.

Nosotros, por el mero hecho de existir, materializamos lo que significa el amor de Cristo. El debate sobre la homosexualidad, en este país y en la Iglesia, muestra lo peor de la naturaleza humana, y revela un odio que me recuerda las matanzas que se han realizado en el pasado en nombre de la religión. La gente está enojada y atemorizada en los dos bandos. Ese odio puede llenar el alma de la oscuridad más destructiva. Ese odio es maligno y NO viene de Dios.

No puedo describirles el enojo que percibo en algunos de los mensajes de email que me llegan. Estos comentarios, sobre otras personas y sobre mí, sugieren que debo vivir con miedo por el simple hecho de existir.

Precisamente porque el tema de la homosexualidad genera tanto odio, sinceramente creo que Dios tienen una misión para nosotros: la misión de ser pacificadores y maestros. Los gays y las lesbianas somos la prueba viviente de ese odio, un testimonio de la impiedad que todavía existe entre los que más profesan ser piadosos. No somos nosotros los que ponemos en peligro la sociedad. Nosotros somos simplemente el blanco de los ataques. Es el temor, el fanatismo, el racismo, las injusticias, los crímenes de intolerancia, y el odio de la gente, dirigidos contra los gays y las lesbianas, son lo que realmente pone a la sociedad en peligro. Es odio va dirigido contra una gente que, en su mayoría, son pacíficos y productivos; un grupo de gente que se apoya mutuamente; una comunidad que se esfuerza conjuntamente por sobrellevar las dificultades; una comunidad que anhela desesperadamente ser aceptada por los demás; una comunidad que ama las artes, la poesía, y las letras; una comunidad llena de sensibilidad, amor y compasión.

Cuando pienso en el plan de Dios, y en el hecho de que la sociedad vive en una atmósfera de odio, se me hace más claro cuál es la misión de los gays y las lesbianas en la Iglesia.

Uno de los desafíos más grandes que enfrentamos como sociedad y como raza humana es el de aprender a amarnos a nosotros mismos, perdonarnos a nosotros mismos y a nuestros enemigos, y finalmente amar a nuestros enemigos. Esos son los desafíos de vivir la ley más alta del evangelio. Es por eso que creo que los gays y las lesbianas tenemos una papel vital en la Iglesia y una misión especial en el plan de exaltación.

Quiero proponerles que nuestra misión es la de ser maestros, pacificadores, y mensajeros de luz. Y esto es algo que debe ocurrir en varios niveles:

  1. Primero, antes de poder amar a nuestros enemigos, tenemos que aprender a amarnos a nosotros mismos. Yo creo que el problema más grave de los gays y las lesbianas es el odio que sentimos contra nosotros mismos. Muchos de nosotros pasamos toda una vida aborreciéndonos, y ese odio es la base de tantas conductas auto-destructivas que vemos en la comunidad gay.
  2. Segundo, tenemos que perdonar a aquellos que nos desprecian. Esto incluye nuestros padres, familiares, amigos, la sociedad en general, y la Iglesia. Esto también es parte de vivir la ley más alta. Muchos de nosotros nos pasamos la vida retribuyendo odio. Esto es parte de nuestra naturaleza humana, pero es vital que nos elevemos por encima de tales tendencias.
  3. Además tenemos que aprender a amar a aquellos que nos odian. Esta tercera meta también es parte de vivir la ley más alta, y absolutamente necesaria para alcanzar las metas 1 y 2. Esta meta implica mantenerse en contacto con la Iglesia y no rehuir de los que nos odian. También implica darle a los demás la oportunidad de que nos conozcan, nos hagan preguntas, y servir de ejemplo a fin de disipar los mitos y los estereotipos que existen en cuanto a la gente gay.
  4. Finalmente, cuando comenzamos a alcanzar estas metas, estamos en posición de decidir cómo nos vamos a conducir en esta vida, es decir, si vamos a permanecer célibes o si vamos a vivir consagrados a una relación de pareja.

Con la ayuda de nuestro Salvador y Dios, tenemos que empezar a vivir en armonía con nosotros mismos. Nadie tiene derecho de juzgar o condenar nuestras decisiones individuales. Sin importar qué elijamos, ES VITAL que vivamos con honor, con honestidad, sin malicia, y con compasión. A medida que los demás aprendan a respetar nuestras decisiones, debemos ser compasivos, vivir sin malicia, y construir una sociedad donde toda la gente pacífica pueda convivir.

Solamente si somos leales y honestos con nosotros mismos en esta vida, nuestra elección va a ser clara. Nuestro Padre y nuestra Madre Celestial van a derramar su amor y su apoyo. Yo creo que este acto de elegir cómo conducirnos en la vida es un convenio sagrado entre cada individuo y Dios, un convenio que no se ve afectado por lo que nos enseñan en la Iglesia.

También creo que la fidelidad conyugal, la dedicación y el amor verdadero entre dos adultos, del modo que Dios lo concibió, son elementos necesarios para que aprendamos a vivir una vida celestial. Si esto incluye a los gays y a las lesbianas, eso es algo entre Dios y cada individuo.

Los gays y las lesbianas debemos tomar conciencia del importante papel que tenemos en esta sociedad. Tenemos la misión especial de enseñar la paz y la justicia a nuestro prójimo, a personas que a menudo son hostiles y nos tratan con verdadero odio. Eso es precisamente lo que significa “vivir una ley más alta”. Yo creo que en la comunidad gay se pueden encontrar algunos de los hijos e hijas más valientes de Dios, porque él sabía de antemano las dificultades que íbamos a enfrentar.

Miren a su alrededor. Lo que yo veo son almas nobles, fuertes y valientes, que oran y comparten sus vidas en busca de la verdad. Veo almas que no se esconden detrás de las normas y sanciones de la Iglesia. Veo almas que no siguen ciegamente a sus líderes sino que, como Pedro, Pablo y Moisés, buscan la verdad por ellos mismos, aplican esas verdades en sus propias vidas, y aceptan el desafío de enseñar a los demás lo que son la justicia y el amor de Cristo.

Yo veo entre nosotros a los pacificadores de este mundo. Veo tanta preocupación por la justicia y el servicio abnegado. Veo tantos de entre nosotros que silenciosamente sirven al pobre, al necesitado, o sirven en la comunidad y traen luz a tanta gente. Veo almas valientes que se esfuerzan por sobrellevar sus dificultades, pero que también buscan la manera de ayudar a los que los rodean.

En conclusión, hay muchas cosas que todavía no entiendo, y una de esas cosas es la posición de la Iglesia con respecto a los gays y las lesbianas. Yo he llegado a la conclusión de que, en lugar de seguir frustrada, o enojada, o amargada, debo aceptar que la posición de la Iglesia es lo que es; pero al mismo tiempo sé que debo ser leal y honesta conmigo misma, y que esta lealtad también tiene un propósito.

Esto es lo que he descubierto:

Lo mas importante es CÓMO me conduzco en la vida, cómo trato a mi pareja día tras día; cómo la honro, la amo, me sacrifico por ella; cómo soy paciente y la apoyo en todo lo que hace; cómo honro el compromiso mutuo que las dos hemos hecho; cómo me esfuerzo por superar mi naturaleza egoísta y aprender abnegación; cómo mantengo vínculos con mi familia; cómo elevo mi voz contra la injusticia; cómo me acerco a los necesitados; cómo le presto atención a alguien que está sufriendo; cómo me dirijo cada noche a mi Padre y a mi Madre Celestial; cómo desnudo mi alma delante de ellos y les digo: “por favor, perdónenme mis faltas, hoy he vuelto a esforzarme, por favor dénme fuerza mañana”; cómo trato de vivir de acuerdo con los principios que aprendí de niña; y cómo me esfuerzo cada día por recordarme a mí misma y decirle a los demás: “Dios te ama, la paz sea contigo, tu vida vale muchísimo, y tu muerte valdría tan poco”.

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