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Libertad, igualdad, fraternidad

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Por Cesar Carreon

El lema de la revolución francesa y el lema actual de distintos países en todo el mundo son estas tres sencillas palabras: libertad, igualdad y fraternidad. Las tres se encuentran entretejidas en el ideal cristiano de una sociedad que se rige bajo la regla de oro y que vive de acuerdo al gran mandamiento. Libertad de tomar elecciones, igualdad de op

ortunidades y en el más puro amor de Cristo, la fraternidad.

La historia de la humanidad a veces nos muestra una batalla entre el pie del opresor y los derechos del oprimido, donde es difícil saber quién es el “bueno” y quién “el malo”; esta batalla puede parecer larga y sin final; y en verdad la vida llega a ser también así, un giro eterno de desesperación, de soledad, de oscuridad y de angustia, donde nadie parece escuchar la voz de los que sufren y los pocos que escuchan no pueden hacer nada.

Pero en esta batalla que es la vida -y la humanidad- aun existe la esperanza: la esperanza de un mundo mejor, donde no haya odio ni prejuicios, donde todos gozarán de los mismos derechos y donde la raza humana vivirá finalmente en hermandad, cumpliendo así con la medida de su creación. Pero es un ideal que sólo se puede alcanzar cuando una sociedad vive los principios antes descritos.

Cuando hablamos de libertad podemos pensar en grandes batallas por la independencia de un país o por derrocar a un gobierno autoritario, y muchas veces estaremos en lo cierto, esas guerras también han luchado por la libertad. Pero existe otra clase de libertad, una que es personal y más valiosa por sobre tantas cosas: el albedrío o la libertad de elección. Nada hay mas valioso para la integridad de una persona que su propia libertad. La libertad de ser como uno desea: libe de pensar, de actuar, de amar, de sentir, de vivir.

Nunca he tenido mayor sentimiento de libertad que cuando sueño que estoy volando. Pero creo francamente que por medio de nuestra comunión con Dios puedo experimentar ese sentimiento de una manera cabal; lo experimenté cuando el evangelio y sus ordenanzas me liberaron de una vida de dudas y de la muerte espiritual. Y lo experimento cada vez que acudo a mis Padres Celestiales en oración, cada vez que pienso, cuando expreso una idea, cuando vivo de acuerdo a esa idea y sé que mi vida no lastima a los demás. Vivo con la libertad que me ha dado la Expiación de Jesucristo.

Y no hay mayor libertad que esa, la de saber que tu vida es afirmada por un Dios amoroso, que conciente de tus decisiones te permite seguir tu propio camino. A veces podemos sentir que nuestra voz, nuestro pensamiento o nuestra visión del mundo no tiene un lugar aceptado por alguien, por nuestra familia, nuestra comunidad, nuestra religión… pero debemos buscar con fe la única aprobación que nos traerá realmente la felicidad: la aprobación de Dios.

Jesús dijo “la verdad os hará libres”. ¡Qué gran gozo siento al saber que tengo un Salvador! Un amigo verdadero y fiel que realmente entiende todos y cada uno de mis pensamientos, que me dice la verdad acerca de mi vida, un poco aquí y un poco allá. Pero es ese conocimiento de la verdad lo que va abriendo lentamente las cortinas del telón hacia un maravilloso espectáculo y a medida que cada uno busque su verdad interior el escenario se irá completando.

Tenemos toda una vida por delante, un sinnúmero de opciones y posibilidades. No somos dueños de las consecuencias por supuesto, pero sí de las decisiones. El don del albedrío es uno de los más preciados que nuestros Padres han depositado en nosotros, porque simboliza el gran amor que tienen hacia sus hijos y la confianza de que sabremos tomar las decisiones adecuadas.

Ser libre de ser, de pensar, de sentir, de vivir es un testimonio de que somos hijos de Padres Eternos que nos aman y que están al tanto de nuestras circunstancias. No debemos permitir que las voces exteriores apaguen esta pequeña llama de libertad que hay en nuestro corazón pues, al final, esta llama es la que mantiene encendida nuestra propia divinidad y nuestro potencial eterno.

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